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  • nataliachavezgomes

La noche que nos fuimos por Chuflays

Updated: Feb 21

Texto usado para presentar el libro Códex Corpus de Paola Senseve el 5 de agosto de 2021 en la librería Lectura, en Santa Cruz de la Sierra.


Tal vez existen millones de páginas -escritas-

O de cuerpos visitados que se mueren como decir -palabra-


Y ni un ápice de verdad


(Códex Corpus, p.31)

 

Este comentario de libro es una reseña adaptada que escribí apenas leí el libro, allá por abril, que fue cuando Paola me lo dio, allá por abril. Pero por motivos equis, ye y zeta, nunca pude poner a punto la reseña para que se publicara en buen tiempo, ni siguiera pude enviársela a Paola por eso, porque no pude pulirla, sobarla y cortarle el sobrante de los hilos hasta estos días.


Se supone que las reseñas deben ser, por un lado, oportunas: idealmente, deberían publicarse al momento en que sale el libro del que se habla, para crear interés. No cumplí ese primer requisito, y no cumpliré en rigor el segundo, que es lo siguiente: las reseñas han de hablar de lo material y lo literario de una obra. Quizá conseguiré algo próximo a ello más adelante, pero emprendiendo un camino distinto; lo que sucede es que la materialidad de la conversación que mantenemos Paola y yo desde que empezamos a hablar de escritura y de la vida hace varios años atrás sobrevoló espiritualmente toda mi lectura de Códex Corpus. Esto pasó sobre todo con la conversación de una noche pandémica en que nos escapamos como adolescentes treintañeras de las casas de nuestros padres en Santa Cruz y nos vimos para celebrar varios sucesos en ese entonces recientes de la vida. Cuando nos encontramos, me dio su libro con una dedicatoria escrita con tinta roja y trazos que parecen las huellas que dejaría un paso de tango. Esa fue la noche que nos fuimos por Chuflays.


Aunque no reproduciré la conversación, usaré esa idea para ilustrar que la experiencia de leer a amigas es lo equivalente a tener acceso a una versión con cortes extras de la directora de una película. O también, lo equivalente a tener un montón de notas al pie de un texto. Leer a amigas es una experiencia cubista. Cuántica. Se ven muchas dimensiones, ¿cómo -y por qué- escoger solo una?


Para comenzar de alguna forma, diré algo del libro-objeto: ya me había fascinado la fotografía de la portada de Codex Corpus. La había visto en pantallas varias veces desde que se anunció su impresión, pero recién la vi en el tamaño para el que fue concebida al tener el libro en las manos.


En ese momento, sostuve el libro como el objeto precioso que es -porque todos los libros del mundo merecen un tiempo de contemplación en que reconocemos la divinidad que contienen- y mientras tocaba con los dedos la portada, la imagen ya me anticipaba que las palabras que se me encontrarían después de levantar el cartón y toparme con la dedicatoria personalizada (“Con todo mi corazón y la esperanza de que encuentres en este duelo quebrado algo que te sirva.”), sabía que la poesía hablaría sobre el cuerpo. Desde el cuerpo. A través de él. Y no solo de un cuerpo abstracto, sino de todos los cuerpos; el de la portada, el mío, el de Paola, el de cada mujer nombrada, el de cada mujer que leyera.


Ese cuerpo universal impreso en la portada tiene valles y llanos, zonas inexploradas y zonas erosionadas por el contacto con la intemperie y con la inmisericordia del mundo. La carne debajo de la piel, los huesos debajo de la carne, y el alma pulverizada y fluctuante como un fantasma triste que recorre todo eso según el día, la hora, la temperatura, la felicidad… todo eso que está también en la poesía de Códex Corpus, está ahí en las luces y en las sombras de la foto. Sin exagerar, me parece una foto perfecta para las ocasiones que crearán las palabras que están dentro (del libro y del cuerpo).


La noche que nos fuimos por Chuflays, con Paola hablamos del dolor y de la vergüenza. Esto, en una operación psíquica caprichosa, también revela, siento, que hablamos de la vergüenza de sentir dolor. Nuestros cuerpos han sido adiestrados por nuestras mentes perversas para defenderse de todas las posibilidades sentimentales, incluida la compasión. Estoy proyectando, por supuesto, no debería permitírseme decir “nuestros” sin antes consultarle a Paola si está de acuerdo con esto que asumo que nos pasa a ambas, pero eso escucho en sus palabras.


Los cuerpos a la defensiva se desconectan del universo: no permiten el vaivén de lo divino -que es el amor- entre una y el resto de los seres. Entonces siento en los poemas de Paola la angustia que produce la conciencia de esa rigidez: el saber que la barrera material de la piel, nuestra y de las personas que tocamos y de las personas que nos tocan, nos confina a un espacio reducido que ya estamos hartas -tanto ella como yo- de recorrer, examinar, nombrar.


Exhaustas estamos.


Ya hemos memorizado las esquinas de las casas en que se supone somos nosotras y no visitas, ya hemos contado las baldosas, notado los pliegues de las cortinas y de las sábanas debajo de los cuerpos de nuestras abuelas postradas y, sin embargo, falta algo más para que nos movamos hacia afuera de esos lugares. Paola escribe: “Me faltaba algo de muerte / un turbión / que abra la boca de agua feroz”. Y quizá es una aproximación: quizá la hiperconsciencia sobre el significado que, se supone, deben tener ciertos sucesos es la única orden de sentir algo a la que harían caso dos mujeres como nosotras. Dos mujeres avergonzadas de sentir dolor.


“pero / que especie de tragedia es esta / sin tristeza ni sorpresa / solo desorientación / de un grupo de personas que / no saben más / dónde tender la mesa / para tomar el té”.


La duda que paraliza es, en realidad, un movimiento sísmico. Es que los terremotos, como los finales y como las palabras, antes de tener efectos visibles, se sienten corporalmente. Y escribe Paola algo verdadero: “alcanzo a pensar en una imagen / contaminada por la adrenalina / pero el lenguaje, / lo más frágil del cuerpo, / no tiene mecanismos de defensa.”


Terminar este libro -para mí como lectora y para ella como escritora- equivale, pienso yo, a haber admitido en voz alta que somos personas que sienten cosas y esa información es extremadamente importante para una misma. Una confesión inesperada. Una confesión.




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